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ListenSábado, 07 de Marzo de 2009 19:56. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: Diario de a bordo. Hay 13 comentarios. Ponte detrás“Sin crisis no hay méritos, lo dijo Einstein, ¿sabes?”. La mujer que tantas mujeres ha sido asiente con la cabeza y se me viene muy cerca; tan cerca como para tocarla. “De la crisis —dice fijando su mirada en la mía— saldrán sólo dos tipos de personas: los que crean que se trata de una oportunidad para venirse arriba, aunque carezcan de medios para ello y tengan que improvisar un día sí y otro también; y quienes en la subida, sean dignos de ser arrastrados por aquellos”. Después me da la espalda, me pide que le suba la cremallera de una piel nueva y se va haciéndome señas para que la siga: “ahora ya sabes dónde ponerte”. Viernes, 20 de Febrero de 2009 22:15. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: Con el dedo en alto. Hay 4 comentarios. Examen oralGesticula cadenciosamente. Tiene unas manos muy gráficas, en permanente armonía, que más que marcar el ritmo, reformulan los sistemas de análisis geométricos de la forma y la representación. Parecen dibujos. Su mandíbula se aplica en moverse acompasada, sensual, y el resultado de cada frase es muy (muy) seductor. Se esfuerza en transmitir su emoción, y ésta sale de él de un modo, que desde la primera fila despeina. Sin embargo no hay exageración alguna, todo en él es equilibrado y se sostiene estéticamente. Abrigo de (fino) paño azul, sastre, barba, camisa, corbata. Estructura ósea. Su forma de caminar. Todo. Cuando después de varios meses me acerco a su mesa, sus manos están paseándose sobre los folios, hipnóticas, y por fin puedo asomarme a su meticuloso universo. Todas las cosas tienen un sitio y hay un sitio para cada cosa. Su cartera, los papeles, el bolígrafo negro, el móvil, los folios para los alumnos, su reloj. Levanta la vista, dice mi nombre: Rosa. Hay unos bonitos ojos azules, casi transparentes. Formula un par de preguntas y vuelve a bajar la cabeza, en silencio. Al cabo de unos minutos levanta la mirada y se me queda mirando mientras yo también me entusiasmo, y gesticulo mucho con las manos, y no puedo dejar de hablar, y él frente a mí despeinándose. Baja de nuevo la cabeza, más rápido, y se despide: - Espero verla en tercero. - Yo también. Gracias por sus clases. - Gracias a usted. - Adiós, profesor. - Adiós. Lunes, 16 de Febrero de 2009 12:24. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: Diario de a bordo. Hay 12 comentarios. A pedalesLo único que se oía cuando desperté era el carrito de alguna enfermera cruzando el pasillo, zuecos esencialmente lejanos y la fuerte respiración de mamá, que se había quedado dormida con mi hijo en brazos. El niño no tenía más que unas horas de vida y un ceño como ni ella ni yo habíamos visto antes. A mis hermanas les había hecho bastante gracia que se pareciese tanto a Magoo. Yo lo dejé todo en sus manos porque no hay otras como las suyas para poder quedarse en paz en noches en las que más que dormirse, una pierde el conocimiento; pero su respiración o el carrito o los zuecos o haber soñado que estaba en el hospital y que acababa de parir me despertaron, y ella estaba recostada en la butaca, con sus zapatillas de estar por casa, su bata rosa, un suéter de cuello vuelto y todas esas cosas que ella cree esenciales en el kit hospitalario. Nada más oír el crujido de mis sábanas, abrió los ojos y arreglando con una maniobra tan antigua como el mundo el arrullo a los pies del chiquitín, apretándolo contra sí, dijo eso que siempre ha dicho de mis hijos: es tan bueno como tú.
(…) Era tan rosa, tan carne de mi carne. Tan calvo. Se ralentizaba con una belleza hacia mí… - Convendría dejar de pedalear, querido, no me da tiempo a saborear el paisaje. - Es imposible. - Ah, vale. - Conformista... - ¡Pedaleador! Lunes, 15 de Diciembre de 2008 23:07. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: Diario de a bordo. Hay 15 comentarios. Luis Cernuda, "Desdicha" de Un río, un amor (1929)![]() Chema Madoz Un día comprendió cómo sus brazos eran solamente de nubes; imposible con nubes estrechar hasta el fondo un cuerpo, una fortuna. La fortuna es redonda y cuenta lentamente estrellas del estío. Hacen falta unos brazos seguros como el viento, y como el mar un beso. Pero él con sus labios, con sus labios no sabe sino decir palabras; palabras hacia el techo, palabras hacia el suelo, y sus brazos son nubes que transforman la vida en aire navegable. Adminículos caseros im-pres-cin-di-bles (6)![]() . . ¡Uhhhhhhfff... im-pres-cin-di-ble! Coco de mer Sábado, 07 de Mayo de 2005 12:51. [ + ]. Tema: Adminículos caseros im-pres-cin-di-bles. Hay 4 comentarios. La gorda de la duda![]() Philippe Pache La primera vez que una pareja hace el amor no es la mejor, de eso acudieron convencidos a su noche inaugural, pero aún así le dejaron un lugar a la duda. La pusieron entre ellos, juntitos los tres, y desnudos se metieron en la cama. Se apretaron, se apretaron más, y se apretaron tanto que la duda ya no cupo más y chorreó patas abajo hasta llegar al suelo subida en una ola, una ola de las de verdad. Fishhhh. La duda quedó así, en un rincón de la habitación, respirando bajito y dada de lado durante muchos años; como un recordatorio de comunión de uno de esos primos que no lo son y que vienen a ser los hijos de tus padrinos, y que no son nada y que nada importan. Pues igual y como eso. Pero con el tiempo, la pareja tuvo algunos problemas y la duda aprovechó su oportunidad para arrimarse otra vez a los pies de la cama. Se les venía encima, sigilosa, y sin que se dieran cuenta y por sorpresa, se volvió a meter entre los dos. Zas. Se acomodó y se hizo fuerte. Y claro, ya no había manera de que cupieran los tres en el mismo lugar, porque la duda se estiraba cuan larga y gorda era y les ponía los brazos por encima del cuello, comodona, ahogándoles hasta que se giraban y se daban la espalda, que entonces sí, se dormían. Las cosas que les rodeaban, sus cosas de ellos, se empezaron a inquietar. Como ésto siga, al final acabamos cada uno por nuestro lado, decían los libros de la mesilla de noche. Sí, respondían las medias del cajón, no tiene buena pinta. La cama cabeceaba preocupada, muy preocupada. Los cachivaches sentían mucha presión. Hasta que un día no se sabe cómo, uno de los ganchos de su moño de novia agarró la responsabilidad bien fuerte y salió del cofre que ella tenía con sus joyas y tesoros en su mesilla de noche y se puso debajo de la almohada. Y esperó, esperó y esperó. Y esperó y llegó la noche. Ellos entraron en la cama, la gorda de la duda se confió y comenzó a cerrar los ojos envuelta en sueños, y ambos, cansados, se giraron hacia su pared metiendo la mano por debajo de los almohadones. Ay, pero ella se pinchó. Encendió la luz y sacó la horquilla. Se giró y se la enseñó a su marido. ¿Has puesto tú esto aquí? le dijo. Y él respondió, no, ¿qué es? ¿No sabes lo que es? Bueno querida, parece un gancho. Y por un momento, por uno sólo, la duda sudó temiendo que él recordara que era una horquilla de su primera noche, de aquella primera noche de amor donde no cupo, una de esas que adornaban su precioso pelo y que él entresacó con un mimo tan grande como si en lugar de eso, estuviera separando los rayos mismos del sol. Y creyó que acordándose se salvarían. Pues qué raro que haya llegado esto aquí, no parece mío. Y entonces la duda sonrió y comenzó su última y muy amenazante crecida empezando de nuevo a engordar y a engordar y a engordar, y ella sin poder parar se puso a llorar y a llorar y a llorar, y él al otro lado a pensar a pensar y a pensar, y el gancho y las cosas de la casa, vencidos, a suspirar y a suspirar. Porno-trágico, epílogo¿Qué has hecho? Dice el hombre. Nada que te importe, dice la mujer, apuntándole con el arma. ¿Vas a dispararme? Depende de ti, Héctor. Las tres mujeres han dejado de vagar desconcertadas por el escenario y se aproximan a Irene, situándose, sumisas y tranquilas tras ella. ¿Qué vas a hacer, convertirme en una de ellas, eso es lo que quieres Irene, un muñeco que te satisfaga? Aunque lo quisiera no podría, Héctor, ya lo sabes, hemos colocado demasiadas barreras en tu cabeza como para que ahora sea completamente inaccesible. Eres un hombre libre, ¿puedes creerlo? Un hombre liberado sometido a su libre albedrío...a causa de excesiva manipulación mental... paradójico, ¿no? Además, desde un principio parecías tener cierta resistencia a la manipulación de la voluntad. Por eso te escogí. ¿Y ahora que haremos, Irene? Yo volveré a dirigir la Corporación, tu... no sé por qué no te mato. Ríe sin dejar de apuntarle. Me gustas, Héctor. Tu y tus posibilidades físicas. Pero supongo que serás lo suficientemente idiota como para escoger cualquier camino siempre que creas que tu elección no está condicionada. Hagas lo que hagas, jamás sabrás si verdaderamente es tu decisión la que guía tus pasos. Y ahora que sabes la verdad sobre nuestros negocios, mucho menos. Mirarás por encima de tu hombro preguntándote si alguien te está controlando, incluso cuando la elección sea tan intrascendente como cuánto azúcar echar en el café o si encender un nuevo cigarrillo o no. Escoge Héctor, placer y poder sin límites o un remedo de libre albedrío. Pero no, ya has decidido. Renunciarás al poder y la gloria, ¿verdad? Pero, ¿es eso verdaderamente lo que quieres escoger? Vámonos, chicas. El hombre queda solo, pensativo y arruinado. Piensa en todos los placeres perdidos y en la vacua integridad que motiva sus actos, aunque ya no sabe que es lo que le motiva e impulsa. Una voz interrumpe sus pensamientos. Futuribles
![]() Eugene Smith, "The Walk to Paradise Garden_1946" Toda su vida había pensado que lo mejor estaba por llegar. Ojo, tampoco tenía el listón demasiado alto. Cualquiera que lo viera allí sentado hubiese pensado que había caído al sillón desde un balcón, cataplof, porque la espalda la apoyaba por completo en el asiento, y resoplaba con las piernas abiertas, sudando como un pollo y desgreñado de arriba abajo. Ocupado en darse qué pensar y cayéndosele la vida entre los dedos, comparaba su trayectoria con una espiral de pasta. Porque a su mente de dos por dos son cuatro le cuadraba. Porque cada giro era su particular vuelta de tuerca, y porque por las curvas cerradas —la muerte de sus padres, el cierre de la empresa familiar, el corte del suministro de luz, del de agua, el gas— subía deslizándose instalado en la certeza, imperturbable, de que lo mejor estaba por llegar. Pero el mes de agosto le pesaba en los hombros y el calor que le asfixiaba sólo lo rebajaba la colcha de raso de su madre. Así que del sofá pasaba a la cama, ponía los pies en los almohadones y se quedaba mirando al techo dejando que la mínima corriente que unía la ventana de su dormitorio y el cuarto de baño se le deslizara por encima. Quieto, pero insistente visionario, concluía que más que una espiral de pasta lo suyo había sido un auténtico espaguetti, que había que ver lo poco que se había salido de la norma. Tan lineal y tan soso. Hacer, había hecho lo mismo que todos los amigos de su edad, sin excepción, y bueno, si era verdad que una recta era una línea que unía dos puntos, él tendía hacia ese punto resuelta e inevitablemente, y claro que sí, lo mejor estaba por llegar. Entonces la noche llegaba y ponía un pie de hierro sobre su frágil convicción. A sus sueños se había agarrado la tarde que se perdió con su hermana por el monte y caminaba con ella dando vueltas y más vueltas por los mismos sitios, repitiéndole que no se preocupara, que él la llevaría a casa, que aquello era sólo un paseo y que lo mejor estaba por llegar, hasta que la cría cayó rendida por el frío y él no supo qué hacer de ella ni de nada, despertándose sollozando después de ver los ojos de su madre, más rojos que dos pimientos, cerrarse llenos de lágrimas diluyéndose de a poco. De inmediato, abría los suyos y se le ponía un miedo a perderse y a estropear no sabía qué cosa en el pecho que lo único que le permitía era caminar, ya de día, hasta el sofá, calculando el número de losas que había desde su cama hasta él, y que invariablemente, sumaban setenta y tres. Ya era casualidad. El mismo número de macarrones que trae una bolsa de cuarto. Porno-trágico XII y últimoLos acontecimientos se precipitan. Ya estamos cerca del fin, pacientes lectores. ¿Es necesario pormenorizar todos los pequeños detalles que conducirían al enfrentamiento final entre Puerco y Control en las ruinas del Luxor? Avanzamos, siempre avanzamos en la maldita línea del tiempo dispuestos a precipitarnos al abrupto final. ¿Pero tendrá final en esta historia? Sospecho que concluirá de forma tan vaga que el futuro de nuestros personajes quedará a merced de nuestra imaginación. Pensad que supondría para Control, por ejemplo, pasar el resto de su vida esclavizada a la voluntad de Puerco. Ella, acostumbrada a las delicias que proporciona el poder, sometida a los lascivos deseos de un ser cargado ávido de venganza. ¿Sería desgraciada? ¿Es posible sentir algo distinto a lo que la voluntad de quien nos domina nos obliga a creer, a sentir? Control, a quien Puerco cambiaría de nombre, sentiría cada día en sus carnes el placer indescriptible de la sumisión, despertaría cada mañana anhelando la dimensión inabarcable de la voluntad de su amo, la sima de sus ojos negros ocultos tras las gafas a los que le permitiría abismarse, sublimando así su paroxismo de obediencia, después de abordarla por detrás un día tras otro. ¿Sería Control feliz? ¿Y quién es feliz? ¿Héctor? ¿Héctor e Irene viviendo su historia de amor empañada por las dudas que le asaltan a él de vez en cuando? ¿Y si Irene...? No es posible, se dirá, ella estaba controlada por su jefa. Pero ¿y si todo hubiese sido una farsa? ¿Y si Irene...? pero jamás conseguiría concretar la duda, ni siquiera era capaz de planteársela si Irene estaba cerca. ¿Serían felices Irene y Héctor? A quién le importa. Gozarían de los placeres carnales, se adentrarían en escabrosos territorios de los que volverían incólumes gracias a su amor, o lo que él pensaba que era amor, beberían de sus cuerpos hasta quedar saciados, para volver a empezar, un día tras otro. Juan Liscano, "Pareja sin historia"Se acarician. Se bastan. Están colmados por ellos mismos colmados por la sed sensual del otro. Se conocieron ayer: llevan siglos de parecerse de abrazarse en las paredes siempre únicas de reconocerse en todos los lugares donde el sueño esconde su tesoro donde la dicha deja a la nostalgia donde nunca estuvieron donde están. Aroma de piel ramajes íntima penumbra labios que besan por la herida rostro asomado al secreto del rostro que lo refleja palabras que se derriten por los dedos semejanzas descubiertas con delicia apetencias de olvido y de sabores no probados mientras se inventan paraísos sin castigo y se cuentan a tientas el alma mientras asumen el destino de las frutas y la vida fulgura en ellos con sus “siempre” y sus “nunca” efímeros con sus “primera vez” repetido hasta el final con sus partes confundidas cual miembros que el amor enlaza. Hasta ellos no alcanza el rumor de la urbe o será más bien que no lo oyen que lo cubre el susurro con que se aman que lo dispersa el soplo que se dan. Se huelen se gustan se desean. La libertad que encuentran los deslumbra. Ascienden en una isla espacial entre los astros. Pareja sin Historia pareja constelada. Se miran a sí mismos en el otro. Ella aparece abierta impúdica ojerosa tremulante él: enhiesto obsceno avisor posesivo ella: contráctil húmeda gimiente umbría él: herido llameante solar fulminado. ¡Cuánto abandono momentáneo!¡Cuánto triunfo! Pueden equivocarse gozosamente confundir las imágenes del deseo espejado fundir los sabores de sus bocas perderse juntos en el placer del otro fluir de manantiales en arroyos de arroyos en raudales de raudales en ríos hasta el mar hasta volcarse en la unidad del origen en el espacio pletórico y vibrante donde cada movimiento se transmite de polo a polo donde flotarán donde están flotando como dos hipocampos entregados al rito nupcial. Aflojan las redes y los nudos milenarios arrojan de sí el pasado las cáscaras los trapos viento propicio borra las huellas mezcla arenas y estrellas le dan la espalda a la memoria hueca para ser cresta de una ola para ser cresta espuma sortilegio cielo de mar espacio palpitante que rompe en sales y en la cresta de esa ola de caballos tornasolados que recorre de punta a punta el tiempo como una playa me arrojo contigo! ¡la corro contigo hasta el final del día! ¡sobre su filo tú y yo somos jabalina y destello! ¡vivan este esfuerzo estos besos esta presencia única! ¡vivan este júbilo del mar los cuerpos aparejados! ¡nuestro almizcle que huele a marisco y a gato montés! ¡el relámpago en que nos dormimos juntos! . . ![]() Wolfang Tillmans, "Damon" Porno-trágico XIAferrado a la pistola, Héctor empujó con el pie la desvencijada puerta que daba acceso al ruinoso y aparentemente abandonado cine Luxor. Puerco debía estar en su interior si Sonja no había mentido. Demasiados condicionantes... si Sonja no había mentido, si Irene le había dicho la verdad. Caminaba en la cuerda floja y era consciente. Puerco también querría contarle su versión de la verdad. Y Control... Control le había utilizado, le había engañado y mentido, pero no podía dejar de estremecerse cada vez que pensaba en ella. ¿Hasta que punto los tres actantes principales, Control, Puerco e Irene, le estaban utilizando? ¿Qué querían exactamente de él? Control quería encontrar a Puerco y éste que Control le encontrase. ¿Qué quería Irene? ¿Sentía algo por él, algo así como una afinidad entre mentes subyugadas, o tenía un objetivo inconfesable? Pedro Guerra, "Quiere"![]() Egon Schiele quiere que no des pasos de más quiere que la quieras y le enseñes dónde queda la felicidad quiere que la abraces y la calmes quiere que la dejes descansar quiere que sonrías y le cures las heridas de la soledad quiere todo el tiempo para respirar y que respires tiempo para dar cuidar cuidarte y que la cuides tiempo para amar tu amor amar su amor llamar armar y amarte amor quiere que le des espacio y tiempo quiere que le cuentes tu dolor quiere que la quieras y encender como una hoguera toda su pasión quiere que la amarres a tus besos en el paladar de tu sabor quiere que sonrías y sentirse protegida de tu corazón quiere todo el tiempo... . . Porno-trágico XEscondido en las sombras del callejón, Héctor acechaba mientras volvían a su memoria las palabras de Sonja. La mujer le había contado mucho más de lo que él necesitaba saber. Ahora sabía donde encontrar a Puerco y suponía que éste no entendería su retraso, no entendería porque tardaba tanto en llegar. O quizás sí, Sonja dijo que Puerco era muy listo, tanto como para prever que, a través del Ejecutor, ella llegaría a conocer un placer que le estaba físicamente vedado. Héctor suponía que lo mismo que con Sonja, Puerco sabría que antes de enfrentarse a él, debería hacer lo que iba a hacer. O tal vez no, se decía manoseando nerviosamente la empuñadura de su arma en la funda. La calle seguía en silencio. Dijo Sonja que el placer la envolvía como una nube etérea, algo que, pese a sentirlo, no era enteramente suyo. Un placer ajeno, inducido. Pero un regalo de un buen amigo, de alguien que no la había olvidado en todos esos años, desde que fueron niños. La piel de aquella mujer seguía obsesionando al Ejecutor, y su voz, que parecía salir de un pozo de tristeza insondable, le mostró al verdadero Puerco, el niño desahuciado al borde de la muerte al que la Corporación transformó en un paria, el niño que vio, mientras su cuerpo se transformaba en algo horrendo, como su madre enloquecía por los experimentos de control mental a los que la sometió la compañía que salvó la vida a su hijo. Quid pro quo. Una vida por otra, una vida salvada a cambio de total inmunidad para destrozar otra. Los cultivos con ADN de cerdo habían regenerado los órganos colapsados del niño. A cambio, tanto Puerco como su madre habían aceptado unos implantes experimentales y rudimentarios de control mental. A causa de eso, o por una imprevista reacción del organismo enfermo del niño, su cuerpo empezó a degenerar convirtiéndolo en lo que es hoy. A causa de esa reacción inesperada los investigadores de la Corporación no se preguntaron porque el dispositivo de control mental no funcionaba en el niño. Sí funcionaba, sólo que supo ocultarlo. También funcionaba el dispositivo injertado a la madre. La sometieron a las más degradantes humillaciones para comprobar hasta que punto la voluntad era capaz de resistirse a las más viles peticiones. La mujer enloqueció. Recordaba todas y cada una de las vejaciones sufridas a cambio de ver como le decían que aquel elefantiásico cerdo era su hijo. Murió. Puerco sobrevivió perdiendo a su madre y su nombre, convirtiéndose con el tiempo en un empleado externo de la Corporación que seguía sin saber que el dispositivo de control mental funcionaba correctamente. El primer día de clase lloré desconsoladamente. Mis hermanas estaban en cursos superiores y nada iba a pasarme, pero eso entonces no era lo importante, ni muchísimo menos. Lo malo era lo grande que era el colegio, la fila, el uniforme, la Hermana, la aglomeración de gente y quién haría caso a lo mal que me sentía. Siempre he sido muy miedosa. Muchísimo. Pero detrás de mí, con una seguridad pasmosa, se colocó Luisa. Mi amiga Luisa. Y ya no se separó de mí ni en todo ese día, ni en los siguientes nueve años. Silenciosa, discreta, atendía cada uno de mis miedos y tejía sobre ellos una red de serenidad con paciencia propia de pescador. Parece mentira la seguridad de la que disponen algunas personas. Deben saberlo todo, al menos así lo parece. Y ella tenía el don de la tranquilidad. Yo apenas me metía en líos, era una niña muy buena. Dice mi madre que cuando era un bebé me dejaba en el parque y allí pasaba las horas muertas sin decir ni pío. Buenísima. Así que en el colegio tampoco solía pelearme con nadie. Al revés. Era la campeona de saltar a la goma porque tengo, tenemos todas, unas piernas larguísimas y las M. (que así éramos y somos conocidas en las reuniones de antiguas alumnas donde aún las monjas más viejas se acuerdan de todas) fuimos míticas en el colegio por nuestra capacidad para la rítmica, el baloncesto, bueno, todas esas tonterías que se hacen de pequeña y que ahora nos costarían un disgusto. El pino, el pino-puente, la rosca, eso. Así es que mamá tenía que pintar la casa cada dos por tres. Con cinco niñas haciendo esas tonterías todo el día, la mujer no paraba de pintar, pero reñirnos, apenas nos reñía. Ella sí que es buena. Buena de hacer a los que están a su alrededor mejores, de ese tipo de bondad. Y en fin, a Luisa le gustaba mucho venir a casa y aunque temía a mi padre como a una vara verde y prácticamente saltaba el marco de la puerta de su despacho para que no la viera, le encantaba encerrarse conmigo en el baño y que yo le hiciera una demostración de todos los secretos de belleza que había aprendido de las cuatro señoritas que tenía por encima. Ya ves tú. Porque las chicas somos muy reacias a compartirlos y a ellas había que sacárselos con sacacorchos. Qué misterio, hasta que pillé a mi hermana A. pasándose una cuchilla y comprendí como podía ser posible que no tuviera un solo pelo en las piernas. Luisa siempre sonreía. Ella no tenía hermanas, sólo hermanos y más pequeños y todos estos tesoros debían suponerle un mundo. Ella me consolaba y yo la encantaba. Empate a cero. Luisa y yo seguimos direcciones distintas una vez acabamos la etapa escolar. Después llegó el instituto. Allí también encontré una amiga el primer día y no me separé de ella prácticamente hasta el último. Mariángeles. A Mariángeles y a mí nos gustaba escuchar las mismas canciones y cantarlas muy alto. Cuando tuvimos edad para conducir a ella le compraron un Peugeot 205 blanco y solíamos dar vueltas y más vueltas por la ciudad, sólo por el placer de escuchar y cantar las canciones de Yentl, o en realidad, cualquier de Barbra, o de Whitney. Tenía una familia extraordinaria, igual que Luisa, su padre y su madre se querían muchísimo, se les veía, y cada vez que me invitaban a sus comidas familiares yo soñaba haber pertenecido a esa casta de siempre y que todo para mí, esa felicidad y esa complicidad de años, era tan habitual como rascarme el elástico de las medias de calcetín. Yo le ayudaba con los estudios, no era muy buena estudiante. Siempre hacíamos los deberes en la suya. Así ella me encantaba y yo le ayudaba. Empate a cero. Después me casé y al poco tiempo nacieron mis hijos. P. nació cuando yo tenía veinticinco años y A. recién cumplidos los veintisiete. Un día, hace ya un pico de tiempo y todavía casada, estábamos sentados los cuatro en el parque escuchando el concierto de la banda municipal y unas personas más adelante estaba Luisa con su hijo y su marido. De espaldas a mí. Y a la vuelta del parque, paseando sola, cruzó por delante del coche Mariángeles. Me acuerdo de todo porque ese día pasó una cosa (otra cosa) que hace que no lo olvide. Ayer comí en casa de mamá. Ella rellenaba unas truchas sobre la mesa, yo la miraba. Me hablaba de mi hermana A. que está embarazada de mellizas y a la que ya le han recomendado reposo, así que no sale y cada vez que la llamamos nos dice eso de tú no sabes lo que es esto, aquí, en casa, todo el santo día. Y mamá hablaba metiendo ajo picado, perejil y pellizcos de especias en las tripas de aquellas truchas. Decía que en esta vida no hay nada peor que no saber afrontar lo que te viene, y cogía las truchas y las iba poniendo perfectas sobre la fuente del horno. Una con la cabeza para acá, otra con la cabeza para allá. Y yo la miraba y me acordaba como hoy, de la cantidad de personas en las que me he apoyado para llegar hasta aquí, como Luisa y como Mariángeles, que también se acordarán de aquellos años, y tantos otros seres queridos que van y vienen, que pasan. Que no he venido sola y que nunca lo he estado, que todo ha tenido su sentido, su intercambio, sus finísimas hebras por las que caminar con suavidad. Viendo a mamá cocinar me vienen todas estas cosas a la cabeza y la mayoría casan divinamente, por asociaciones rapidísimas y acertadas todo cobra significado e importancia. Van pasando los días, y van pasando los años. Sentada frente a ella en silencio me pasa la vida entera. Entera. Desde que me servía patatas fritas y yo comencé a llamarlas ayayais porque me quemaba los dedos hasta ahora, viéndola tan mayor y tan preciosa como es. Con una felicidad y una familiaridad tan habitual como el que se rasca el elástico de sus medias de calcetín. Y además es Domingo de Resurrección. Visitas pagadas al hogar (2) Quiero aprovechar esta oportunidad que internet me brinda para anticiparme al desastre casero que con toda probabilidad esté a punto de ocurrirme, dejando en herencia el blog y todo su contenido al primero que lo pille. He dicho.Resulta que fui el jueves de urgencia a comprar viandas típicas de señora solterita a la que no le apetece cocinar ya que no están sus fieras y con cualquier cosa se apaña porque ella ya ve usted con una ensaladita y algo caliente va que chuta—aquí era festivo y abrían sólo hasta el mediodía— y con las prisas con las prisas cogí una pizza americana que me llamó la atención de los refrigerados y algunas cosillas más. Llego a casa, y aunque el detalle en principio no me pareció relevante (oh, destino implacable), resultó que la pizza valía lo mismo que una funda de oro para las muelas. Bien, no importa. Pero mi madre (sagaz compradora que de haberle dado tiempo se hubiera titulado en revelación de errores en los tickets) detectó que me la habían cobrado doble. Hija mía, ¿además doble? Bueno, pues de perdidos al río, no importa, no hay dolor. Ahí se queda, en la nevera. Menudo puyazo en el punto más doloroso de toda ama de casa, la practicidad, pero sobreviviré. Llévate, llévate mamá la caja al papel con todo éste otro montón, ojos que no ven corazón que no siente, que yo la dejo en el frigo porque total, ésta cae hoy antes de que se le vayan las vitaminas. El mismo jueves, también deprisa y corriendo, recogí una lámpara preciosa para la mesa del comedor. Es una monada, con sus tulipas lavanda que no sé cuantas tiene porque tendría que levantarme a mirarlo pero una barbaridad, un montón de hierro forjado, no se cuantas guirnaldas de pedrería. En fin, un disparate hecho lámpara. Bien. El electricista le cobrará veinte euros por colgársela. Ya está si no viene y la cuelgo yo equilibro el presupuesto y con la pizza no ha pasado nada y la próxima vez que pase por el súper me carcajeo en su puerta. Llegué a casa. Preparé los adminículos (en esta casa es nuestra palabra favorita, además de “donuts”) para proceder a colgarla. Bien. Quité todos los automáticos, abrí mi caja de herramientas, me puse los calcetines de trepar a la mesa, y así lo hice. Empecé a separar cables. Estos marrones, estos azules, los amarillos-verdes. Estaban todos. Así que lo primero que hice fue separar todos los amarillos-verdes que ya sé que no valen para nada, y proceder a pelar dos de los otros un poquito y bueno, ordenarlos bien ordenados para tener la maniobra bien clara y después colocar ¿el suspensorio? del que iba a pender la monada a estrenar. Empalmo, aseguro, ya me duelen un poco los brazos, me bajo, le doy a los automáticos y resulta que ahora no funciona ninguna de las luces del salón. Ni los puntos de luz que hay en el techo ni la lámpara de pie que hay entre los sofás ni por supuesto la que acabo de colgar. Andá mi madre. Bueno. Que no cunda el pánico. Aquí lo que hay que hacer es cambiar de combinación de cables. Y también lo hice. Y entonces sólo funcionaba, de todas, una de ellas, la de los sofás. Armada de paciencia tuve que probar con todas las combinaciones de cables posibles. Entiéndase que probar con todas consiste en volver al principio un montón de veces y por consiguiente quitar los automáticos, subir a la mesa, marearme de mirar para arriba tanto tiempo, dolor de brazos, cambio de cables con su consiguiente tortura para meterlos y que aguanten en su agujerito correspondiente, apretarlos, infinito dolor de brazos, mareo de mirar para abajo después de mirar mucho para arriba, bajarme jugándome el físico, darle al automático y e-fec-ti-va-men-te, para comprobar que en la mejor jugada de todas, sólo había conseguido que funcionaran dos de las tres bandas de luz existentes. Bien, sopesé la situación. No es posible, Rosa, que esté pasando esto. Tienes que haber pasado por alto alguna de las combinaciones marrón-azul de cables. La buena no la has hecho todavía. Así que lo que tienes que hacer es olvidar que está el suelo del salón lleno de puntitas de cables, la mesa llena de escayola y las herramientas por medio (porque otra cosa no, pero herramientas tengo una barbaridad..), comer, y empezar si hace falta desde el principio hasta conseguir que funcionen al menos las que sí iban, y si acaso, y a unas malas, llamar pasado el puente a un electricista para que haga funcionar la lámpara, lo cual sería un desastre porque en circunstancias como esas ver funcionar mi lámpara en-se-gui-da es fun-da-men-tal, que para eso es nueva y las cosas o se hacen en caliente o no se hacen. Calma chicha, Rosa, respira. Saqué la famosa pizza del frigorífico y la metí en el horno. Me suena el móvil. Contesto, qué haces, intento colgar la lámpara la recogí hoy, pero por qué no está el electricista, pues porque esto ya lo he hecho yo antes y está tirado, sí pero ésta es diferente no, ya bueno está un poco complicado pero no te preocupes que si consigo hacerlo me voy a quedar en la gloria o más arriba, y mientras, hablando, me acerco hasta el horno, entorno la puerta, la madre que me p… ¡¡¡Diossssssssssssss, qué peste!!! ¿Alguien ha estado alguna vez en las cloacas? En la vida de olores a rancio y a sobaquillo todo junto. Imposible definirlo, particularmente asqueroso. Sórdidamente inaguantable. Pero quizá sólo fuera eso, y en realidad estuviera riquísima de sabor. De hecho es materialmente imposible que una pizza que vale tanto no esté buena de narices. Me la pienso comer igual. Me parto un poco de jamón, me saco unas almendras, me pongo la pizza, una cocacola, un bol de ensalada y hala, a comer en la bandeja y en el sofá, como las buenas. ¡¡Y una porra!! Nadie podía comerse eso, y menos así, baboso y caliente. ¿Pero qué pizza del mundo no está buena? ¡¡Ninguna!! ¿Cuál es la probabilidad de que una pizza que así, a simple vista lleva anchoas, bacon, champiñón, queso y tomate esté mala? ¿cero? Volví a comenzar de nuevo con la maniobra de la lámpara. Vamos, una pizza tan cara y además asquerosa, hay que tener valor. Y luego estos cables. Y además no he llamado al electricista, tonta que eres tonta. Y venga a subir y venga a bajarme de la mesa. Hasta tres veces probé la combinación completa de cables (que eran nueve en total contando los amarillos) antes de rendirme en una en la que no iba nada de nada para echarme a llorar porque ya estaba bien y qué iba a ser eso. Así que espero y espero, miro a la puta lámpara que será muy bonita pero qué cabrona es, y me vuelve a sonar el móvil. Cómo vas, no funciona, se va la luz de los otros puntos me duele todo y no hay Dios que cuelgue el bicho ese, ah comprendo lo que tienes que hacer es poner los seis cables del techo empalmados to-dos con los de la lámpara, ah sí, sí, ah, pues ahora cuando vuelva a llegarme la sangre a las manos lo intento, vale, venga. Y sí, era eso, recogí el chiringuito y metí la apestosa pizza, menos dos trozos que tragué por cabezonería, en el microondas, y ya por la tarde, con el ansia de comerme una en condiciones, hice subirme una riquísima de una pizzería que hay cerca de casa que, bonita combinación, es de unos chinos y no cierran ni en Jueves Santo. Y ya....hasta ahora mismo, que me acabo de comer el resto del jueves frío porque soy in-ca-paz de tirarla habiéndola pagado al doble de lo que valía, que además era un montón, y tenía que comérmela por mis cojones porque además no supe colgar la lámpara y a mí se me pueden subir las cosas de mi casa a la pechera, pero nun-ca a la chepa, que ya tengo unas horas de vuelo y sería la primera mancha en mi historial. No, hijo, no. Y bueno, ahora seguramente me muera, de hecho ya se me está nublando la vista. Es posible que esta sea la despedida y si eso es verda... Jaime Gil de Biedma![]() Canción final Las rosas de papel no son verdad y queman lo mismo que una frente pensativa o el tacto de una lámina de hielo. Las rosas de papel son, en verdad, demasiado encendidas para el pecho. El sillón moradoPreocupado por el poco uso, el sillón morado había desarrollado la habilidad de perseguir a los dueños donde quiera que ellos fueran. Si les veía arrimarse a la librería y extraer de ella algún volumen con la intención de sentarse a leer, el sillón cambiaba mansamente de lugar, caminando de puntillas sobre los tacos de madera y se iba poniendo a tiro, a tiro, hasta que se llevaba una patada. Normalmente tropezaban con él. Entonces la señora de la casa lo tomaba de los brazos y lo volvía a poner, como si tal cosa, al pie del ventanal de la biblioteca y junto a la lámpara de pie. Después miraba con el rabillo del ojo los telones, le miraba a él y hacía un mohín de desaprobación. Siempre igual. La dueña del sillón morado, multípara, lucía un tripón suspenso de dos palmos de alto por uno de fondo; vacío. Alta, rubia canosa y prematuramente marchita estaba por cumplir los cincuenta. Vestía batas camiseras de andar por casa que adquiría en los mercadillos de los jueves, llevándose dos y pagando sólo una. Era una señora práctica. También llevaba un trapito del polvo en los bolsillos para, por ejemplo, limpiar el hueco del libro que extraía de su biblioteca y ya que estaba allí, los lomos de los que estaban pegados a su derecha y a su izquierda. Aquellos sus dominios estaban en perfecto estado de revista, no había fleco alguno, salvo el sillón morado que era una probada rémora y no casaba con la decoración, además de ser demasiado grande y pesado. Vamos, inútil. El dueño del sillón morado era entusiasta de la ebanistería y la marquetería. Las contraventanas, el mobiliario de la casa, de la cocina y hasta las tumbonas de la umbría eran obra suya. Silente y más disciplinado desde la jubilación, -como en su propia casa ya desistió de embutir más labores, pero le era insostenible dejar de producirlas- de sus manos iban naciendo regalos para su ralea y amistades de más friega. Que si una pareja de sillas, que si una mesilla auxiliar, que si un anaquel. Tenía cerca de setenta años y era un señor alto con pinta de airoso, aunque caminaba algo encorvado llevando -con una variación de centímetros dependiendo de la estación del año- los pantalones demasiado arriba y los calcetines demasiado abajo. Algo descuidado. En casa de los amos del sillón morado no había habido niños. Los que había parido la dueña habían nacido muertos por incompatibilidad de la sangre. En total seis. El sillón morado fue un obsequio que el flamante padre de familia le hizo a su esposa, y su entrega se convirtió en todo un evento para los trabajadores de la fábrica que ese día disfrutaron de una jornada libre. Aquel día comieron en la playa para celebrar el esperado primer embarazo. Para los siguientes, por aprensión, no hubo celebración ni toma de regalos. Sus familiares no suelen recordar este particular y sólo pueden intuir algo de este padecimiento cuando les visitan un domingo o algún santo y las sobrinas les llenan la casa con sus hijos paridos y vivos. La dueña del sillón morado se pone en la puerta para verlos entrar a los unos y a los otros, tan saludables, y todos le quitan importancia a sus sollozos cuando ella les da la bienvenida riendo y llorando. Abuela por un día, coge un libro de cuentos de la biblioteca y se olvida de pasarle el trapo, busca el ventanal para sentarse con algún crío sobre el tripón encontrando el sillón en su sitio, mientras su marido corre al taller a traer para los mayores avionetas de contrachapado. Después, cuando todos se retiran y el salón queda finalmente en silencio, el sillón morado tiene costumbre de encaramarse a la ventana para ver a los niños marchar y compararse con el color de las cortinas, apurándose una barbaridad y pensando en si les dará tiempo a regresar antes de la inminente, seguro seguro, llegada del tapicero. Porno-trágico IXDespertó aturdido por la acumulación de sensaciones: La fría tapicería del sofá en la piel de la espalda; el escozor de la miríada de heridas trazadas sobre su cuerpo; la luz de la mañana inundando el despacho transformándolo en un lugar irreconocible; la lengua de Control lamiendo con morosa deleitación cada uno de sus arañazos; la hierática presencia de la secretaria, de pie, tras el sillón. Un día es un díaHace poco se celebraba el Día de la Mujer Trabajadora (al que yo llamaría sencillamente el Día de la Mujer, aunque esta cosa va en matices y a por esos no he venido). El caso es que ayer, repasando El País del sábado, vi una noticia a la que todavía no he conseguido sobreponerme. Dice así:
La noticia venía así, con calzador y metida entre otras mil, como es natural entre un diario de gran tirada. Pero que fuera en presencia de sus cuatro violadores y otros doscientos hombres donde tuvo lugar el castigo no es el peor de este crimen. Sin duda lo más grave es que caerá en saco roto en nuestras memorias cuando deben ser muchas, muchísimas las personas que leyendo ésto sientan quebrarse en su corazón el más íntimo de los hilos. Es tan indignante, humillante, cruel y maldito el hecho, como el olvido. Esta es la mejor manera de celebrar el día de la mujer, sentándonos junto a las víctimas, recordando el mayor tiempo posible su terrible historia para ponerla donde más luz le de, donde más ojos puedan verla y donde se pueda gritar un basta ya que agarre con fuerza ese brazo que con tanta facilidad suele levantarse contra los más débiles. Las mujeres y los niños. ![]() |
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